El mes pasado tuve la ocasión de presenciar en streaming la Conferencia Anual del CFA en Seattle, donde el debate preexistente entre los partidarios del Modern Portfolio Theory y aquellos partidarios del la corriente conocida como Behavioural Finance parece llegar a su fin, sobretodo con el premio Nobel compartido últimamente por Eugene Fama y Robert Shiller que son los principales defensores de ambas corrientes.

Parece ser que la simplicidad esta haciéndose más evidente en la gestión de las carteras de inversión por parte de los gestores de fondos; las griegas ya no forman parte imprescindible de las carteras, así como complicadas estrategias con derivados. Parece ser que finalmente comienzan a centrarse en conseguir los objetivos esperados por el cliente, en lugar de demostrar la validez de diferentes estrategias intentando modelizar un riesgo  que cuando viene siempre nos pilla por sorpresa. En lugar de buscar incrementar el “alfa” a toda costa, los gestores parecen comenzar a buscar cumplir los objetivos del inversor a costa de perder potenciales revalorizaciones “extras” al mercado.

Se ha demostrado que solo en pocos casos la gestión activa de carteras consigue batir al mercado de forma consistente a lo largo de los años. Concretamente, los gestores de fondos de gestión activa deben de buscar una estrategia y tener la sangre fría de mantenerse constantes con ella; no es necesario más de 10 activos en una cartera de inversión, lo más concentrado que sean las inversiones y cuanto más se aleje del índice, más posibilidades habrá de batir al mercado en el largo plazo.

Esto lleva consigo una reducción de las comisiones de gestión tradicionales y buscar, en todo caso, unas comisiones más ligadas a resultados… pues para conseguir la rentabilidad del mercado con la misma volatilidad no necesito pagar ninguna comisión de gestión.