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Hace ya algunos años, en mis comienzos en el mundo de las gestión de carteras, creía en la capacidad del ser humano de predecir la evolución de los mercados financieros, de poder aventurar un valor objetivo para una determinada posición en bolsa.

Hubo una época en que mi formación estaba enfocada al análisis técnico; creía que análisis técnico era una casi una religión que todos conocían y solo unos pocos utilizaban por desconocimiento de encontrar importantes soportes y resistencias que nos podían ayudar a la hora de confeccionar una cartera de inversión de largo plazo. Incluso mi tesis post-Master confirmaba mis intuiciones e hizo que los siguientes años dedicase mis esfuerzos de formación en ese sentido y que las carteras de inversión que gestionaba estuviesen bastante influenciadas por esa capacidad de predicción que atribuía al análisis técnico de los mercados financieros. Había creado una especie de «fe ciega» en sus métodos, que se veían apoyados por el estudio de diferentes gráficos que confirmaban mis suposiciones.

Así ha sucedido tantas veces en la historia de los mercados financieros: en los 80 se creía en las palabras de los Martin Zweig, Michael Milken e Ivan Boesky; la burbuja tecnologica fue alimentada por palabras de gurús como Henry Blodgett, Jack Grumman y Frank Quattrone; posteriormente vienieron las recomendaciones sobre los BRIC y las materias primas por parte de Jim O’Neil, Marc Faber y Eric Sprott. Actualmente tenemos a Paul Krugman, Janet Yellen, Shinzo Aber y Mario Draghi si queremos encontrar motivos que justifiquen nuestra previsión de fuertes subidas en las bolsas mundiales.

Pero tras la última crisis financiera global, mi mundo se vino abajo. Yo había justificado mi valor como gestor de carteras a mi capacidad para encontrar puntos de entrada y de salida, a mi capacidad para predecir la evolución de un determinado activo financiero. Pero, como tantos otros, habíasido incapaz de predecir las caídas acontecidas en todos los activos durante 2008 y 2009. Pero el consuelo era que ni yo ni nadie.

Fue entonces cuando leí un articulo de Philip Tetlock: éste estudiaba un universo de 82.000 predicciones realizadas por los mayores pensadores y personas más influyentes en varias áreas de conocimiento durante los últimos 20 años. Y, yendo directo a las conclusiones sin alargarme mucho en los detalles, concluía que las predicciones hechas por los expertos eran peores que las que hubiésemos conseguido simplemente lanzando una moneda. Es más, cuando mayor era el grado de conocimiento sobre una materia, peor era la predicción hecha por el experto.

Esto supuso en cambio profundo en mi modo de afrontar la gestión de mis inversiones y la gestión de carteras, además de demostrarme que no era tan malo como había llegado a pensar. Pasé de intentar predecir la evolución de un determinado activo financiero a buscar una cartera de inversión acorde con cada personalidad donde no importaba la evolución de cada activo; sino que lo más importante pasaba a ser el riesgo, la gestión monetaria del riesgo y la maximización de mi esperanza matemática de supervivencia en los mercados financieros.

Y así sigo con mi gestión cuantitativa del riesgo; con mi máxima de «sólo sé que no se nada»; con no intentar predecir la rentabilidad a futuro pero sí lo máximo que estoy dispuesto a perder… Hasta la próxima crisis que me demostrará si acerté en mi cambio de gestión o el mercado se inventará una nueva forma de invalidar lo que conocemos.